Emotiva carta abierta al autor de un accidente fatal

gustavo farias, ezequiel farias

Gustavo y Ezequiel Farías

Ezequiel Farías, hijo de Gustavo, el docente de Viedma que perdió la vida tras un accidente de tránsito, le escribió una emotiva carta abierta a Néstor Alfredo Balda Liccardi, el hombre que conducía velozmente el vehículo que impactó contra el de la víctima.

La carta completa

Pensé en escribirle, porque se me ocurrió contarle cosas. No le quiero escribir como hijo, ni como hermano, ni como psicopedagogo. Quiero escribirle como jugador de rugby.
Usted tuvo el desatino de evadir normas, reglas, pautas sociales que nos hacen como Argentinos.
Pautas de convivencia, normas de tránsito, y reglas humanas.
Usted se llevó a mi papá. 
Usted pecó en la primera ley del rugby. No fue al frente. Nunca batallo por ganar ese metro tan deseado que nos ubica en otra posición de la vida.

Desde niño, en mi lejano verde valletano, circulaba en los altos pastos de mi club. Tenía todo en ese momento. Compañeros, amigos, familia, la posibilidad del conocimiento. Imagino que en su vida debe haber mucha “nada”. Imagino una niñez con falta de (son)risas, porque la risa es el alimento del alma. Imagino una vida sin amor, porque el amor abre las puertas del respeto, la solidaridad y la felicidad. Y el respeto fue lo primero que aprendí. Entendí que en el rigor del contacto deportivo, en la lucha técnica y táctica, en cada tackle recibido, estaba la capacidad de respeto por haber perdido esa batalla. Y aprendí la solidaridad. Aprendí a dar sin esperar nada. A no obtener una vil ventaja por sobre mi oponente con el afán de conseguir la victoria. La victoria la conseguía durante la semana, en mis entrenamientos, en mi dedicación y sacrificio.

Muchas veces siento el deseo de encontrármelo frente a frente, para intentar buscar respuestas. No es que tenga aspiraciones resurreccionales, sino que soy curioso.

Esta etapa de mi vida, en mí no tan lejanos veintitantos, la transite como jugaba mis partidos de rugby. Con sacrificio, intensidad, con la cabeza levantada soportando los golpes, con el respeto hacia el árbitro, con la posibilidad de conseguir la victoria. Re-descubrí que mi familia es mi equipo. Ese equipo al cual le pido disculpas ante una falta cometida que puede dejarlos en desventaja ante el rival. Mi familia, que hipoteco su tiempo en pos de un integrante de nuestro equipo. De Gustavo. Mi papá.

Por cierto, quiero decirle que estoy aprendiendo a decir Gustavo sin llorar, y lograr contar su historia cada vez con la voz más entera. ¿Quiere que le cuente algo? Empecé a sentir miedo el primero de Marzo. Miedo visceral, miedo de debut, miedo de una final. La final que jugamos duró 17 días. Pero ese miedo desaparecía cuando veía a los ojos a mis compañeros de equipo: a mis hermanos, a mis madres (si, madres), a mis amigos (que son oro puro), a mi familia.

Cada día que entraba a ese Hospital, era entrar a una situación de juego. Tenía que ir derecho, no aminorar la marcha, ubicar mi mirada al frente, y enfrentarme con la realidad. Tenía que ingresar en el partido más difícil. Jugar un scrum contra el pack más duro y pesado del mundo. Sostenía la mano de mi padre, le contaba de lo lindo que iba a ser cuando comamos un asado nuevamente, de lo ansiosos que están sus hijos, de lo impresionante que suena la remasterización de los discos Led Zepellin, de los terceros tiempos que nos estaban esperando. Le llenaba la cabeza de deseos para que pueda salir a la cancha nuevamente a jugar. Lo sentía, sentía su calor, lo miraba, lo arengaba, lo besaba, le contaba anécdotas, le pedía que no me deje jugar solo lo que quedaba de partido, que no pidiera el cambio. Le daba mis piernas para que siga corriendo, mis energías, mis brazos para tacklear el tiempo y mis manos para pasarle la pelota. Quería que fuese lo más importante que tiene el deporte: un compañero.
No sé qué pensara usted. Nadie puede devolver el tiempo, y hoy nos toca aceptar el azar.

Entendí en la vida todo lo que me estaba dando el rugby. Y ahora entiendo todo lo que tengo que devolverle. Es hora de reunir fuerzas, encontrar modos de reconstruir nuestro equipo, de buscar nuevos desafíos, nuevos objetivos. Jugamos el partido más difícil, contra el rival más duro.

Quiero decirle que en el rugby prevalece la continuidad. El seguir. Adelante, siempre. Pero seguir. Sepa usted que este equipo no se rindió. Sepa que este equipo se unió para prosperar en torneos futuros. Sepa también, que fue la derrota más difícil. Pero también sepa que tenemos sangre de rugbiers, sangre roja, y muchas veces no nos alcanza el cuerpo para sostenerla.

Tal vez piense que estoy loco por escribir estas líneas. Tiene usted toda la razón. Me faltan una serie numerada de tornillos y estoy orgulloso de mi falta. Si no, los estaría buscando. No voy a esconder a mi padre en mis recuerdos. Al contrario, es una musa. Lo que sucede es que es más fácil escribirle a usted con algo de rabia que con amor. Eso sí, no es venganza. Estoy convencido de que la venganza produce venganza, es un círculo vicioso. En cambio, las palabras, duelen pero no entierran.

Lo convido a que visite un club de rugby, vea un partido, participe de un tercer tiempo. Ojala la justicia, de esa que no la hacen las personas, se encargue de juzgar sus acciones. Y recuerde que los rugbiers, vivimos como la canción de Fito Páez: “A seguir, a no bajar la guardia, siempre a seguir”.

Atte.
Ezequiel I. Farías, un jugador de rugby.

Estimados Lectores: la intención es que éste sea un espacio para la opinión, el debate, y la libre expresión. NOTICIAS RÍO NEGRO no tiene responsabilidad alguna sobre comentarios de terceros, los mismos son de exclusiva responsabilidad del que los emite. Los comentarios agraviantes pueden quedar ocultos. Aprendamos a comentar con educación. Muchas gracias.