Por Pedro Pesatti (*)

Al querido Pepo

RODOLFO PONCE DE LEON

Como todos los hombres cabales, y él lo fue íntegramente, Rodolfo Ponce de León completó su vida con una fuerte impronta que lo distinguirá para siempre: fue un gran rionegrino que honró, cuando las circunstancias de su tiempo lo requirieron, la función pública, la actuación política y la militancia de ideas.

Conoció el exilio durante la última dictadura militar. 

Participó en los setenta con protagonismo en la militancia universitaria, luchando por el retorno del general Perón a la patria, armado con la pasión de una retórica aguda, inteligente y creativa que lo caracterizó como político. 

Amaba la palabra porque sabía que sin palabra, sin deliberación y sin debate, la acción política se embrutece y termina en el despotismo, la antesala del fascismo que hoy como una sombra se proyecta al país desde el Brasil de Bolsonaro.

Lo recuerdo con orgullo, porque fuimos amigos y compañeros, liderando el bloque de convencionales del Frente para la Victoria -el primero que existió en Río Negro en los años ochenta- y promoviendo en la misma tradición progresista del texto original de nuestra carta magna, una reforma que saldó la ausencia del peronismo por la proscripción que impidió su participación en la convención del '57.

Reivindicaba la militancia política como una instancia insuplantable para la formación de un  dirigente y postulaba como Max Weber que los políticos debemos escalar en nuestras responsabilidades desde la base de la organización institucional y política. 

Pensaba que el punto de partida era la participación en las juntas vecinales y eso marcó a muchos compañeros y compañeras de mi generación que tuvimos como primer cargo electivo el de presidente de una junta vecinal. 

En mis primeros años de la militancia Pepo fue uno de mis referentes más importantes. 

Pude conocer, a partir de su propia experiencia, las enormes contradicciones del movimiento nacional y popular y los abismos entre miradas que se reconocían peronistas pero que se diferenciaban sin matices. Sobre todo en aquellos primeros años de la democracia, donde la condena al genocidio no era unánime: el candidato a presidente del justicialismo, en 1983, avaló la autoamnistía de la dictadura. Por ello se sumó, más temprano que muchos, al movimiento de la renovación peronista, para promover un compromiso esencial con la democracia, el estado de derecho y el juicio a los responsables del genocidio. 

Abogado, docente y político hoy lo despido en su doble condición de convencional constituyente -en la reforma provincial del '88 y en la nacional del '94- porque sirvió a la causa de la Constitución para construir a partir de ella el camino de la justicia social, los principios sociales y la felicidad del pueblo. 

(*) Vicegobernador de Río Negro

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