“El poder judicial en severo estado de obsolescencia”

carta de lectores, teclado

Muchos fallos judiciales no hacen más que confirmar el severo estado de obsolescencia en el que se encuentra el poder judicial argentino. A dicho poder del estado se lo reconoce como un poder conservador y es posible que desde la filosofía política así resulte explicable, pero adherir a ese concepto como filosofía de gestión organizacional en pleno siglo XXI es un suicidio institucional que conspira contra el deseo de una sociedad que hace años implora un cambio drástico en la justicia.  

El mejor ejemplo que confirma la sinrazón del actual funcionamiento judicial son los plazos, en los que, en promedio decenal, se resuelven los casos de corrupción de los funcionarios públicos. Los mecanismos corruptos se vuelven crónicos ante una justicia que llega tarde, mal y nunca. Las arcas del estado terminan siendo saqueadas con total impunidad y los fondos perdidos. Llegar en estos procesos a la sentencia condenatoria firme es prácticamente una utopía jurídica.  

En otro caso de notoria morosidad judicial, la Corte Suprema de la Nación, siempre alejada en el tiempo de los hechos que suele juzgar, resolvió después de años el caso de la coparticipación de la Provincia de San Luis, que no tenía ni la más mínima complejidad jurídica; solo la obvia aplicación del derecho vigente. Sin embargo, el litigio en el que el máximo tribunal de justicia de la Nación tiene competencia originaria, después de diez años, todavía está por verse cuando tiene efectiva terminación.

Las implicancias económicas, en este caso como en otros, solo por el paso del tiempo judicial agiganta problemas que resueltos en tiempo y forma poca complicación hubieren traído a los contendientes.  

Hay que subrayar que el vertiginoso cambio de era ha sepultado muchas estructuras y formas de trabajo del pasado. El poder judicial no está exento de esas consecuencias y más allá de las cosméticas con las que se pretende maquillar un mejor funcionamiento judicial la incidencia es marginal y las formas del siglo XIX aún perviven fuertemente arraigadas en una institución con graves signos de vetustez.  

La solución obviamente no resultará sencilla, pero como dicen los expertos en estudiar y analizar nuevas ideas, el remedio no estará “dentro de la caja”, o sea que no saldrá un proyecto integral si se sigue en la misma línea de pensamiento de hace años, que asocia el cambio judicial, solo a nuevos equipos de computación, a reformar códigos y procedimiento sobre la base estructural de lo mismo, o a creer que es solo una cuestión de cambiar jueces, o que solo los operadores del derecho tienen la solución, etc.-

Hay cuestiones litigiosas que no tienen la más mínima complejidad jurídica sin embargo el propio sistema judicial, con procedimientos kafkianos las hace interminables. Un típico caso son los procesos de desalojo, donde el meollo jurídico, está en constatar el vencimiento del contrato o la obligación de pago de los alquileres, es decir la plena insignificancia legal. Sin embargo, para todo aplica lo ordinario: demanda, contestación de la demanda, proceso de prueba, alegatos, sentencia de primera instancia, apelación y sentencia de segunda instancia, etc.

Innumerables resoluciones judiciales en el medio de ese fárrago que es el procedimiento judicial, para resolver muchas de las veces situaciones, que a golpe de vista tienen inmediata definición jurídica.    

Pensar "fuera de la caja" significa romper con los moldes clásicos de manera radical, destruir la idea de procedimientos asociados a etapas interminables, enterrar la escritura como piedra basal del sistema, cambiar el perfil de los jueces sesgado solamente a lo jurídico, etc.. La intervención escrita de los jueces debe tender a ser mínima, no como ocurre ahora, que en cada expediente promedio el juez firma infinidad de resoluciones; la mayoría intrascendentes para finiquitar la contienda.  

La limitada visión jurídica como centralidad para diagnosticar los conflictos judiciales y encontrar soluciones a los mismos desde ese solo ángulo, es encorsetar a la justicia a una visión miope que a las claras no ha dado los resultados que espera la sociedad de este siglo.

Sin un debate ampliado, sin ideas disruptivas, sin participación multidisciplinaria, sin mecanismos novedosos no hay ni habrá mejor destino; menos aún sin destruir el procedimiento escrito con las innumerables etapas que conlleva y la infinidad de intervenciones escritas de los magistrados.

Seguir así implica mantener en pleno siglo XXI un derrotero sencillamente antediluviano. Nada más aplicable que la frase del gran Albert Einstein: “Locura es seguir intentando lo mismo y esperar resultados distintos”.

Dr. Miguel A.R. Donadío

DNI. 18.511.284

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