Cambio climático, fracking y energía nuclear

diego rodil

Los juristas dicen que los tratados internacionales son hechos para cumplirse, sin embargo, al presidente de Estados Unidos parece no importarle lo que acordó su antecesor Barack Obama y el presidente de China cuando promovieron el Acuerdo de París en 2015, y la semana pasada le dio la espalda al convenio de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero.

El Acuerdo de París fue firmado por 195 países. El documento estableció nuevas metas de disminución de la contaminación producida por la utilización de combustibles fósiles, para frenar el calentamiento y los desastres climáticos que esto genera. La importancia del acuerdo se fundamenta en el compromiso de todos los países, pero sobre todo de los más industrializados, como China y Estados Unidos, que son los mayores emisores de gases de efecto invernadero. El acuerdo consiste, básicamente, en reconvertirse a través de la utilización de nuevas energías que reemplacen a los viejos combustibles.

Con el portazo que dio Trump, Estados Unidos se quedará solo junto con Nicaragua y Siria, los únicos dos países que no firmaron los compromisos adoptados en París. Esto le quita legitimidad a la posición de Estados Unidos frente al mundo y condena el negacionismo y la impunidad con que se maneja el país del norte.

Argentina es uno de los países que suscribió el acuerdo, y algunos proyectos de generación de energías sustentables lo respaldan, pero ¿cómo se explica Vaca Muerta en este contexto? Y especialmente ¿cómo se justifica el fracking? Cuando se sabe que la revolución del shale y la explotación de los hidrocarburos no convencionales en general, genera mayor nivel de emisiones de gases de efecto invernadero -por lo menos 30% más que las pérdidas de gas convencional-. Mientras, existe unanimidad entre los países mas comprometidos con el tema, que buena parte de esos recursos deben permanecer bajo tierra, si se quiere limitar el aumento de la temperatura media del planeta.

De esta forma, las inversiones que se vienen haciendo en esta década, condicionarán la matriz energética por varios años más. En este sentido, hay que tener en cuenta que la mayoría de los recursos no convencionales recuperables podrían estar disponibles, luego de varios años, cuando ya no sea posible utilizarlos, dentro de una trayectoria de emisiones que nos mantenga por debajo de los 2°C.

Más allá de la destrucción de bienes comunes como el río Negro y el suelo productivo, más allá de comprometer la economía regional del Alto Valle y la salud de sus habitantes, resulta evidente la inconveniencia de continuar expandiendo la frontera de reservas de hidrocarburos no convencionales para un mundo que no podrá utilizarlos, si se cumple con el acuerdo firmado. La inmensa huella del gas no convencional sobre el efecto invernadero, quita legitimidad a la lógica que pretende justificar su uso como combustible de transición para las próximas décadas, si es que el objetivo es reducir el calentamiento global.

Como si esto fuera poco, Río Negro pretende sumar a la Patagonia la primera planta nuclear, a contramano de la identidad patrimonial y turística de la región, sin consulta previa, con la resistencia de amplios sectores del pueblo, y con el agravante de no respetar las ordenanzas que prohíben la actividad nuclear, como sucede en El Bolsón, Sierra Grande, San Antonio Oeste y Viedma.

¿Por qué el rechazo? Porque se sabe que incluso sin producirse accidentes, la actividad nuclear provoca graves consecuencias sobre la salud humana y el ambiente. La población que habita en una zona de alta radiactividad tiende a sufrir más rupturas cromosómicas -rotura de la cadena de ADN contenido en el cromosoma que puede causar cáncer, entre otras afecciones-, que la gente que vive en zonas de baja radiactividad.

Estos problemas se multiplican cuando se analizan las distintas etapas, porque según la Confederación de “Ecologistas en acción” -www.ecologistasenaccion.org-, todo el ciclo nuclear produce contaminación. Desde la extracción del uranio -mineras en las cercanías de Valcheta y Cerro Solo, en Chubut-, que permanecía hasta entonces retenidos en la corteza terrestre de forma segura, pasando por la producción de plutonio, un elemento extremadamente tóxico, inexistente en la biosfera, y de uranio empobrecido -utilizado para todo tipo de municiones-, hasta la contaminación por radionucleidos que se difunden a través del aire, por deposición en el suelo o por el agua, llegando a las comunidades humanas directamente o a través de los alimentos, mediante su incorporación a las cadenas tróficas.

La leucemia es el primer tipo de cáncer asociado con la exposición a radiaciones, aunque también se evidencia un riesgo elevado de padecer cáncer de estómago, colon, hígado, pulmón, mama y tiroides, entre los más frecuentes. El problema reside en que ante un determinado cáncer –un cáncer de tiroides, por ejemplo–, no se puede saber si está causado concretamente por la radiactividad o si tiene su origen en otras causas. Se podría llegar a inferir midiendo la radiactividad absorbida, pero como el cáncer aparece unos cinco años después de la exposición, en el caso del tiroides, el iodo radiactivo ya ha desaparecido, con lo que no hay pruebas objetivas de laboratorio para determinarlo, afirman los ecologistas en acción.

Se ha demostrado a lo largo de la historia, y desgraciadamente, siempre a raíz de un desastre nuclear, que la energía nuclear, que iba a ser tan barata, es la forma más cara de producir electricidad cuando se considera su ciclo completo, con sus respectivos efectos sobre el ecosistema global del que dependemos.

Considerando el impacto que estas prácticas extractivas, como el fracking y la energía nuclear, producen en la salud y el ambiente, como integrantes de un Estado de derecho, desde el Partido Socialista de Río Negro exigimos el derecho a gozar de un ambiente sano y equilibrado, garantizando el goce del mismo a las presentes y futuras generaciones de argentinos. Nos ampara el artículo 41 de la Constitución Nacional, los Principios de Prevención, Precaución, Equidad Intergeneracional y Sustentabilidad, que son derecho positivo en Argentina a través de la Ley General del Ambiente.

Pero no todo está perdido, a distintas organizaciones en Sierra Grande, Las Grutas, San Antonio Oeste, Puerto Pirámides, Puerto Madryn, Trelew, Gral. Roca y Viedma, se sigue sumando la ciudadanía que rechaza este tipo de energías que atentan contra la salud de la humanidad. En la capital de Río Negro, la Catedral de Viedma se suma como un actor tan inesperado como potente, por tratarse de una institución que atraviesa culturalmente las decisiones de los pueblos y rechazamos de plano la idea de que la Patagonia sea zona de sacrificio para sostener el modelo extractivista.

Diego Rodil

Secretario de Asuntos Socio Ambientales
Partido Socialista de Río Negro

Río Negro, martes 6 de junio de 2017

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